Entendiendo la visita del papa Francisco.

Imagen cortesía de: aciprensa.com

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Sin duda alguna, la visita del papa Francisco a México ha sido uno de los temas más es polémicos de los últimos años, debido a la crítica etapa de ingobernabilidad que desde hace un par de años se vive en el país, y por una serie de inconformidades que un sector de la sociedad tiene en contra de algunos jerarcas de la Iglesia católica.

Por un lado, están aquellos que cuestionan los excesivos gastos que dicha visita generará porque -en gran medida- serán pagados con recursos públicos; por otro lado, se encuentran quienes visualizan una gran derrama económica; otros tantos, ven la presencia del papa como una bendición que no tiene “precio”; también hay quienes lo ven como una oportunidad para reposicionar al país; algunos otros la consideran una visita no grata; a otros pocos nos provoca sentimientos encontrados, y -por supuesto- también hay a quienes les resulta indiferente si el papa viene -o no- a México.

Independientemente de esas -y otras- controversias suscitadas desde que se confirmó la presencia física del máximo líder de la Iglesia católica, lo cierto es que esta visita es de suma importancia por diferentes motivos, empezando con el hecho de que la sociedad mexicana es mayoritariamente católica (82.9% de la población, según datos del INEGI).

Otra de las razones -quizá las más importante- por las que la presencia de Francisco I es trascendental, reside en que además de ser el líder religioso más influyente, es un jefe de Estado; lo cual, convierte su visita en algo que va mucho más allá de un asunto religioso; es decir, también es una visita oficial en su calidad de monarca absoluto del Estado de la Ciudad del Vaticano; y aún y cuando el Gobierno de la República y el propio Vaticano hayan aclarado -inicialmente- que la visita de Jorge Mario Bergoglio sería de carácter apostólico (en su papel de sumo pontífice), el gobierno mexicano confirmó -posteriormente- que el trato sería como jefe de Estado, y que entablarían un “diálogo abierto entre el papa y el Presidente de la República, así como entre las autoridades de México y la Santa Sede, para explorar los mecanismos que permitan que la relación bilateral siga dando frutos en los temas de interés compartido.”

El caso es que para entender los motivos reales de la visita del papa Francisco, hace falta analizarla desde diferentes perspectivas. Dicho en otras palabras, se puede estar de acuerdo o no, pero esto debe suceder luego de un profundo análisis en torno a todo aquello que implica un suceso como este.

Imagen cortesía de: Andrés De Anda.

Imagen cortesía de: Andrés De Anda.

Lo que sí es una realidad, es que en esta visita papal el discurso del santo padre ha estado -al menos para una servidora- a la altura de lo que se esperaba: incisivo y no tan diplomático, llamándole la atención a los líderes políticos y a los jerarcas de la Iglesia católica, y haciendo énfasis en su desaprobación por los privilegios que unos cuantos tienen, a los actos de corrupción, el narcotráfico, la violencia, los asesinatos, las desapariciones, la desigualdad, y la exclusión -entre otros-.

Claro está que, a varios jerarcas de la Iglesia y al presidente Peña Nieto, estos discursos les entran por un oído y les salen por el otro; lo cual, sucederá de igual modo cuando le toque el turno a César Duarte; sin embargo, el “sello crítico” de los mensajes de Jorge Mario Bergoglio pueden surtir más efecto cuando éstos son de cuerpo presente y cara a cara, como en su momento le pasará César Duarte.

Y es que siendo Chihuahua la entidad líder de incidencia en corrupción, y estando César Horacio Duarte Jáquez en medio de un proceso de investigación criminal por los presuntos delitos de peculado, enriquecimiento ilícito, ejercicio abusivo de funciones, uso indebido de atribuciones y facultades, y los demás que resulten; lo menos que podemos esperar del papa Francisco, es que le diga a César Duarte que el hecho de haberle entregado -en acto público- el estado de Chihuahua al Sagrado Corazón de Jesús, al Inmaculado Corazón de María y a Dios, no lo libra de sus graves pecados, y que a gente como él, ni Dios los quiere.

Concluyo en esta ocasión parafraseando al escritor y orador indio, Jiddu Krishnamurti: El significado de la vida como un todo “no se puede entender desde un solo punto de vista, que es lo que intentan hacer los gobiernos, las religiones organizadas y los partidos autoritarios.”


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